Los jueves noche, las terrazas y la variedad de bebidas alcohólicas disponibles dan, normalmente, para mucho.
Ayer mismo, después de unas cervezas y mucho fichaje a los viandantes surgieron varios debates, algunos a tener en cuenta y otros no. Uno de los desechables fue el relativo a las dimensiones pectorales de las féminas allí reunidas (tema recurrente, por cierto) y de las que osaban acercarse a los 3 metros de radio de nuestro territorio. Nosotras, muy dignas, nos refugiamos en el vaso, pero era de sobra imaginable que las comparaciones con voz en off estaban teniendo lugar, a pesar de llamar a nuestros acompañantes cavernícolas, degenerados y otra serie de apelativos cariñosos. Curiosamente ellos halagaban y ellas señalaban los defectos:
- Esas están operadas.
- Esas desafían la ley de la gravedad: operadas o superwonderbra.
- Esas llevan relleno.
- Esas seguro que tienen estrías.
Y otra serie de flojos argumentos en defensa de ellas mismas, porque, a saber, ninguna de las allí reunidas tenemos el pecho tipo niña de 15 años (todo sea dicho). En ese momento opto por callar: no está mi autoestima para someterla a un consejo de guerra. Tras algún comentario despectivo decidimos dejar la discusión sobre las dimensiones de los penes para otro día, o tal vez para una ocasión con mayor ingesta de alcohol, quién sabe.
Hubo una serie de debates posteriores que no merecen atención. Sin embargo, hubo un tema que dejó huella e hizo que las miradas asesinas abundaran más que las cañas o el tabaco.
Esto merece un párrafo aparte. El título sería "Las mujeres se arreglan para:
- Que todo tío viviente detenga una mirada en ellas.
- Joder a la competencia femenina en un alarde de hedonismo".
Mi caso no es ninguno de los dos, y por lo tanto, huelga decir que no me sentí ofendida en absoluto. También es verdad que me ofendo poco, no me sale rentable. Yo me arreglo porque si salgo con según que pinta a la calle ya me siento incómoda para los restos. Pero tuve que replantearme hasta qué punto esa teoría puede ser verídica, porque el nivel de sentimiento de ofensa en el sector femenino aumentaba por momentos.
Veámoslo en ejemplos: salida nocturna de un viernes noche. La señora/señorita “X” se pasa alrededor de hora y media (entre ducha, elección de vestimenta y restauración facial, todas lo hacemos) arreglándose para salir. Para salir guapa. Porque obviamente, y que alguien me informe de lo contrario en su caso, no conozco a nadie que se sienta encantado de salir feo a la calle. Cada uno dentro de su gusto se las apaña como puede. Pues bien, “X” sale de fiesta y va estupenda. Y lo sabe. Pero…, si los hombres la miran medio hipnotizados, lo más probable es que los comentarios sean del tipo: qué salido el tío ese, qué asco, esto no es un mercado de carne,… Pongamos, además, que “X” lleva un escotazo: qué guarro, me mira las tetas fijamente, que se corte un pelo el degenerado. ¿O estará encantada siempre que las miradas se produzcan en su justa medida?. Puede ser. A todos nos va un poco de coba, y gustar gusta, para qué negar lo evidente. El que esté en desacuerdo que me de una pedrada (no pasará). Seguro que el motivo inicial del proceso es gustarse a uno mismo, pero luego tampoco está demás que el resto deje ver que no está mal. Ahora entramos en terreno peligroso: si “X” va guapa porque quiere, porque ella se siente bien así, y además le permite algún triunfo, estupendo. Pero qué pasa si “X” esta estupenda, pero “Y” está impresionante (en un sentido utópicamente objetivo, que para gustos están los colores). Ayyy… ahí ya no sé que decir. El próximo día que salga: ¿”X” se arreglará más para estar tan impresionante como “Y”?; ¿Le dará igual?; ¿Saldrá menos arreglada?; ¿Pensará que su público objetivo puede ser distinto del de “Y” y seguirá como siempre?.
Y es que, planteándolo como lo plantee, y aunque me llegue al alma reconocerlo, un poco de veracidad sí que tiene la teoría. ¡Eh! ¡He dicho un poco!.
Nota: se admiten divagaciones, opiniones o lo que sea al respecto.