Domingo noche. Salgo de casa. Habíamos quedado en el portal para acudir a la cena "pro-bodorrio" que se celebraba en casa de un amigo. Últimamente se anuncian bodas a “tutiplén”. Su novia para mi es una auténtica incógnita: no sé si me odia o simplemente me escruta intentando imaginar de qué extraño planeta procedo. A decir verdad, a veces pienso que ella pasaba por allí, y allí mismo se quedó.
En realidad eso es lo que pienso sobre la mayoría de las parejas de mis amigos/as: que pasaban por allí y se quedaron, porque realmente no tenían mejor sitio a donde ir. Y ellos/as lo aceptaron, porque no vieron nada mejor pasar. Huelga decir que en muchos casos creo fervientemente que se merecen algo mejor que lo que les ha “tocado”.
Durante los quince minutos que esperé al raso eché mucho de menos no llevar la cámara fotográfica encima: hubiese merecido la pena plasmar mi cara de gilipollas para la posteridad. Entonces, y justo entonces, tiene que ponerse a llover en plan diluvio universal. Y ese día, justo ese día, y sin hacerlo desde hace unos años, se me ocurre ponerme una faldita. Malditas ideas mías. Me tentaba la autoflagelación por poco previsora, pero llovía, tenía frío y no eran puntuales. Tuve además la fantástica idea de colmar el conjuntito veraniego con unas zapatillas de esparto, que me daban un look playero de lo más inapropiado para esa meteorología. Y es sabido que esparto y agua no casan.
En un alarde de lucidez y buen gusto deseché la idea de reunir al resto de Los Imposibles y salir de allí como alma que lleva el diablo. El panorama se presentaba desolador: los novios, los padres de él y los amigos de ambos dispuestos a cenar en amor y compañía. O a intentarlo, porque sé a ciencia cierta que más de uno sufrió una indigestión por la velocidad con que los puñales sobrevolaban la mesa. Mientras tanto, en un estado alcohólico en potencia (vino a raudales), me dediqué a reflexionar sobre los cambios que habían sufrido el noventa por ciento de los allí reunidos. A saber:
- Si entre el cumpleaños de cada miembro de la pareja y del del otro median seis meses o menos, se tiene licencia para hacerlos derivar en la misma celebración. Ahí los puñales se convierten en misiles.
- Los mensajes de condolencia/informativos por el motivo que se tercie tienen el mismo número que antes, pero el doble de emisores. “Nos preocupa mucho el tema… Te deseamos lo mejor… Acudiremos encantados a tu cena… Estamos a punto de llegar…”. Vamos, que en según que casos, es una forma de tocar los huevos a cuatro manos. Si es que del singular al plural hay, por lo visto, un paso.
- Discutir con un miembro de una pareja implica, tácitamente, hacerlo con ambos. Da igual quién tenga razón. Los pares nunca son neutrales ante las ofensivas extranjeras.
- Las vacaciones comunales, o desaparecen, o ven elevado a la enésima potencia el número de asistentes.
Podría mencionar otros muchos ejemplos, pero se me hincha una vena en el cuello y no creo que sea saludable.
Entre el vino y el arrepentimiento por mi look playero llegué a pensar, traicionando mis principios, que me hubiese venido incluso bien un novio que antes de salir de casa se moleste en sacar la cabeza por la ventana y comprobar que el mundo sigue como antes. Por si queda alguna duda, volví a mis orígenes en cuanto la lluvia me despejó la mente a la salida. Lo dicho: que del singular al plural hay un paso.
jejeje. que cierto es eso de los plurales! aunque muchos juren que no se volveran asi! ;D